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Con este pequeño gesto se condensan mas de quinientos años de tradición, donde la arracada mozárabe - media luna de plata- que cuida y embellece los perfiles femeninos, llega por el camino del mar, junto a los relicarios y milagros, monedas y cristales que engarzados en hermosos collares o envueltos en hilos de filigrana adorna los cuerpos de indígenas y mestizas para enraizarse luego, en los gustos y crear nuevas formas en cada una de las regiones de este vasto universo que es la plata tradicional mexicana. El estudio de esta plata, va íntimamente ligado al de la indumentaria y como tal participa de su carácter local, cerrado y de autoconsumo, ambos son propios de comunidades preindustriales y su elaboración artesanal, distribución y venta está limitada al ámbito regional.
Es durante la época colonial que se conformaron los estilos y los núcleos de producción, distinguiéndose por los materiales y las técnicas empleadas. Poco a poco la mano de obra indígena bajo la vigilancia de frailes o soldados con conocimientos en los metales, aprende a utilizar nuevas herramientas y diseños. Los productos se elaboraban en pequeños talleres artesanales donde las formas de aprendizaje son transmitidas de maestros a oficiales y estos a los aprendices o de padres a hijos. Los principales objetos de la platería tradicional se pueden separar de acuerdo a su uso en objetos de adorno, devocionales o de prácticas religiosas y por último los relacionados con costumbres mágicas o de protección Es interesante señalar que en la plata tradicional es más abundante el adorno femenino que el masculino y ellas engalanan principalmente dos espacios corporales a saber: la cabeza y la parte frontal del pecho. Ahí se colocan los objetos de la devoción popular, ahí los recuerdos y señales de familia, ahí se encuentran los amuletos y protecciones, los milagros, las medallas, y las cruces.
Para el cuerpo masculino se conoce todo lo relacionado con el adorno del traje de charro mexicano, desde la botonadura del pantalón, los broches de la chaqueta y las espuelas de las botas y porque no, el bordado del traje y el sombrero. La joyería popular está llena de objetos que sin ser totalmente religiosos, comparten sus propiedades, tanto como objetos de culto, como de elementos de protección y de adorno. Encontramos múltiples collares que entre sus cuentas se llenan de medallas, relicarios, milagros y semillas que en el universo de las creencias populares sirven para encomendarse al cielo, para tener buena salud o para no ser víctima de un “mal aire” o “mal de ojo” La plata con que se elaboran estas prendas, está combinada por diferentes materiales, desde los espejos y cristales que tanto asombro causaron por su capacidad de reflejar la luz y con ello la creencia de su poder para alejar al “maligno”, así como ciertas gemas o minerales a los cuales se les otorga ciertos atributos mágicos o de protección. Tal es el caso del coral y las cuentas de vidrio y plástico rojo, que se les asocia por su color con la sangre, además de los listones, cintas de artisela, terciopelo y múltiples semillas, caracoles, cuentas de madera, medallas y monedas de distintas denominaciones y países.
Cada uno de estos Estados tiene una manera especial de elaborar sus prendas y aunque pueden compartir técnicas y materiales, son los estilos los que hacen el carácter de la región que representan. Por ejemplo las hermosas mujeres de la Sierra de Juárez, en el Estado de Oaxaca, cuando se ponen su imponente tlacoyal (tocado de lana negra) y se visten con el hermoso huipil apenas bordado en el centro, tienen como orgullo engalanarse con la cruz que se conoce como: Cruces de Yalalag -Krus Yun en zapoteca- artesanía que probablemente llevaron los misioneros dominicos, y de la que existen tres estilos diferentes, la más sencilla con una cruz central y colgando en cada uno de sus brazos otras cruces pequeñas es la más utilizada. Los otros dos estilos, poco conocidos y que fueron usados en los pueblos de Santiago Choapan, Latani, y Comaltepec, consisten en cambiar las pequeñas cruces de los brazos, por imágenes de la virgen de la soledad o con medallas de distintas gracias del santoral católico, estas cruces también son llamadas de tres marías. Para complementar los collares se servían de semillas de colorín, cuentas de vidrio o corales rojos, junto a monedas, pajarillos y pequeñas granadas de plata y al presente las encontramos entre cintas de terciopelo o sencillas cadenas de plata.
En el propio Estado de Oaxaca es trabajada la filigrana en una gran diversidad de formas y estilos, piezas que frecuentemente están acompañadas de monedas mexicanas o americanas, y aunque en origen el metal debe de ser oro, existen muchas prendas que se elaboran en plata y luego se recubren con un buen baño de oro, tal es el caso de los famosos ahogadores, de las hermosas mujeres de Tehuantepec y Juchitán, que rivalizando con los bordados de su huipil grande lucen en las fiestas de mayo llamadas “Velas”. Hay un estilo, propio de la ciudad de Oaxaca, de piezas que originalmente se hacían en oro blanco y con diamante de corte antiguo, pero que en nuestros días son de plata con zafiros blancos y marquesitas de singular belleza, producción hecha para el consumo urbano. En el Valle de Toluca en el Estado de México, los perfiles femeninos de los pueblos de San Felipe del Progreso, Tepetlaostoc, San Juan Tuxtepec, Totoltepec, se adornan con los populares collares y aretes de flores y pájaros y las grandes arracadas de hilo de plata. En el Estado de Michoacán las mujeres que viven en los pueblos de la región del lago de Pátzcuaro se adornan el día de su boda con el famoso “rosario” que se entrega a la novia en el momento de la petición de mano y consiste en un collar de cuentas rojas de vidrio o coral, con esferitas de plata calada y cincelada que se remata con un moño y cruz de plata y filigrana. Para los días menos importantes usan los collares de pececillos largos y delgados o los pequeños y abultados que componen junto a sus apreciadas cuentas rojas. Pocas veces se conoce el nombre de quien diseña alguna pieza de plata tradicional, por lo que es grato mencionar el conocido collar diseñado por Miguel Covarrubias, cuyo centro representa una lancha con una pareja de pescadores, de la que penden tres robustos peces. En el Estado Veracruz en la región de Papantla, la novia totonaca espera vestida de tul y encaje la entrega del collar y los aretes que realizados sabiamente, conjuntan la filigrana de hilo grueso y las cuentas de plata. Y en el Puerto los forasteros llevarán de recuerdo el trabajo de plata y carey que aún se puede encontrar en los comercios de las calles del Malecón. El Estado de Puebla tiene para nuestra alegría los hermosos dijes con figuras de pececitos eslabonados que al menor movimiento sacuden su cuerpo, y nos recuerdan a los famosos pescaditos orientales. La joyería trabajada en Guanajuato es de gran finura y delicadeza, con sus broches o aretes representando grupos de pajarillos con sus nidos, adornados de flores de plata y oro, y las notas de color que le impregnan los corales, las perlas y las turquesas. La mestiza yucateca tiene como orgullo heredar su rosario de filigrana, para que su hija pueda lucirlo sobre el hipil de boda. Esta tradición nace en los tiempos coloniales, y los principales talleres se encuentran en la ciudad de Mérida, le siguen Valladolid, Peto, Ticul, Motul e Izamal. Las mujeres yucatecas encargan sus joyas por los nombres de los diseños conocidos como el abanico, la venera, el rosario de filigrana, el ramillete o el pavorreal, mismos que se adornan con excelentes piezas de coral en diversos colores y que al igual que las mujeres juchitecas, de Oaxaca, saben que esta costumbre es a la vez un excelente sistema de ahorro. La historia de la región platera del Estado de Guerrero ha trascendido los límites de la plata tradicional y se inserta en la historia de las artes que nacen en el México posrevolucionario. Con la presencia de Williams Spratling y la creación de su taller escuela “Las Delicias”, se modifica totalmente el uso y los diseños de la plata de la región. Sin embargo podemos señalar algunas de las prendas que todavía se producen en la ciudad de Iguala, utilizando la filigrana de hilo grueso y láminas caladas o repujadas en formas vegetales, que forman cruces, broches y hermosos aretes. Para hablar de los siguientes objetos, nos tenemos que salir un poco del ámbito del adorno y trasladarnos al espacio de las creencias populares ya que hablaremos de los conocidos exvotos o milagros, que si bien es cierto se pueden utilizar para engarzarse en collares y aretes, su finalidad inicial es servir como muestra de agradecimiento a la divinidad por los favores recibidos. Existen dos tipos de exvotos metálicos: unos poco comunes, que imitando el concepto de los exvotos pintados, son reproducidos en plata, y por lo general son imágenes de la cárcel con sus rejas y en el interior la figura de un preso cuyo nombre y causa del percance aparecen en la parte inferior del ex-voto. Los segundos, mejor conocidos como milagros, se conocen desde el siglo XVI por ser una costumbre que junto con otras muchas fue traída por los españoles a América, Esta costumbre es de origen mediterráneo y se han encontrado ex-votos pre-critianos junto a las aguas de fuentes y ríos. Suelen medir de cuatro a cinco centímetros. Y a diferencia de los antiguos que se encuentran en bronce, los actuales se elaboran en oro y plata o en metales baratos con un baño de dorado o plateado, para venderse a las puertas de las iglesias y en las tiendas de artículos religiosos. Sus representaciones obedecen siempre al motivo que originó la petición, así es lógico encontrar iconografía del cuerpo humano que corresponden al lugar de la dolencia curada; por ejemplo cabezas brazos o manos, pero sobretodo corazones de diversos tipos, que quizás tengan que ver más, con dolencias del espíritu que con enfermedades de este órgano. Sus figuras corresponden a los cruzados por una daga o puñal, como los que acompañan a la virgen de los Dolores, hasta los llamativos corazones ardientes de la devoción del Sagrado Corazón. Es costumbre de la gente del campo pedir por la buena cosecha o por la salud de sus animales, y por ello las figuras de mazorcas de maíz, el trigo, de frutos como la piña, la granada o las uvas y las imágenes de burros, caballos, gallinas, cochinos y vacas, acompañan en sus altares a los santos más venerados. En las ciudades se modifican las imágenes y encontramos representaciones de los medios de transporte, como el sencillo automóvil hasta figuras de aeroplanos que tanto sirven, para agradecer el haber salido sano y salvo de algún percance (los famosos barquitos hechos en plata, perlas o cristal), como para solicitar una forma de transportarse, el caso de los nuevos milagros en forma de carros compactos. Algunos artesanos han tomado estos milagros como material para recubrir cruces, hormas de zapato y otras formas, lo que ha producido un nuevo interés en este tipo de ex-voto. Las manifestaciones de arte popular religioso no se quedan en los milagros, es posible encontrar elementos de la iconografía de santos, vírgenes y niños, fabricados en plata que se venden en los mercados y tiendas religiosas. En estos locales encontramos una gran cantidad de medallas en diferentes formas y tamaños, asimismo las coronas, halos y potencias, y los humildes huarachitos y cordones del vestido, que el niñito Jesús necesita para su atuendo del día dos de febrero, día de la candelaria. Por el contrario existe un objeto completamente en desuso llamado devanadera, el cual lució junto a las agujas, cintas de seda, e hilos de algodón en casi todos los costureros de nuestras abuelas. Nada tiene que ver con los objetos del adorno corporal, pero sí con una actividad muy femenina, la del bordado y la costura. Estas devanaderas se elaboraban en diversos materiales, desde el sencillo cartón, el apreciado marfil y por supuesto, la plata. Y en ellas se enredaban los diversos hilos que eran vendidos en madejas o pequeñas bolitas de colores. Su forma podía ser la de un cuadrado con las puntas alargadas, sin ninguna clase de adorno o caladas, de filigrana, cincelada o burilada, con las iniciales de su dueña o decorada según la imaginación del artesano. Dejaron de usarse cuando los hilos llegaron en carrete y en el momento que el bordado se abandonó como centro de la educación femenina, para convertirse en curiosidades que pocas veces se encuentran en los mercados de la plata. Para finalizar podemos decir que la plata tradicional mexicana, lejos de ser una actividad en extinción, como lo era y afirmó en su momento el Dr. Atl, ha podido, cual ave fénix, renacer una y otra vez de los rescoldos, que guardados en los humildes talleres artesanales, atesoran la memoria de este inconfundible arte mexicano. Artículo Perfil de Plata, por Ofelia Murrieta. Tomado del libro Plata, publicado por Grupo México, páginas 221-240, 1a edición, México, 1999. Ofelia Murrieta , Directora de Hablando en Plata.org Contacto: www.hablandoenplata.org
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