CONTEXTOS PARA UN DISEÑO ARTESANAL MEXICANO
Victoria Novelo

UNAS PREGUNTAS Y UN PAR DE RESPUESTAS POSIBLES.

¿Por qué en Italia, y no en México, se tejen suéteres que incorporan símbolos y signos mexicanos?, ¿Por qué la joyería popular mexicana no es de consumo masivo?, ¿Por qué los manteles y servilletas de algodón tejidos en telar sólo los compran los turistas? ¿Por qué hay tan pocos empresarios en México que fabrican muebles de alta calidad en forma artesanal y a gran escala?, ¿Por qué los fabricantes de telas de tapicería no dejan de copiar los modelos de la Francia monárquica? ¿Por qué en España los muebles artesanales de cocina incorporan modelos populares, muchos de ellos parientes nuestros, y nosotros seguimos copiando de las revistas? ¿Por qué no se ha desarrollado una industria mexicana de accesorios para prendas de vestir? ¿Por qué, en suma, en un contexto de dominancia de la pequeña y mediana industria con alta inversión de trabajo manual no se piensa en la fabricación de objetos de consumo cotidiano que haga un uso eficiente del trabajo artesanal, combinándolo con otras técnicas?

Me parece que las respuestas andan por el lado de la casi nula imaginación creativa de los industriales mexicanos; de la falta de trabajo conjunto empresarios-diseñadores en la propuesta de productos útiles para la vida cotidiana de las familias mayoritarias de México y de la incapacidad organizativa de los talleres artesanales. A eso hay que añadir una concepción de la historia como algo pasado y bien muerto, que a veces “inspira” a los diseñadores que buscan la esencia de “lo mexicano” para fijarlo en sus logotipos, carteles o estampados y no como una herencia viva que creativamente puede ser desarrollada con una propuesta estética también mexicana, pero moderna y acorde con las necesidades actuales.

UN POCO DE HISTORIA.

Es muy antigua la historia de las artesanías de México. Las destrezas, habilidades e imaginaciones creadoras de los artífices prehispánicos no sucumbieron con la empresa conquistadora. Se transformaron, se mezclaron, se reinventaron, pero, sobre todo, continuaron cultivándose. A varios siglos de distancia todavía podemos reconocer la estirpe en muchas obras de artesanía contemporánea. Eso significa sin lugar a dudas que la tradición del trabajo artístico y el desarrollo de oficios que tienen que ver con producir objetos para los distintos espacios donde transcurre la vida de la población es una herencia viva. Y aunque en algunos nichos de nuestra sociedad está vigente la utilidad social de productos artesanales, la creencia más generalizada es que las artesanías son signo de atraso y, que en el mejor de los casos, sirven para atraer turismo, o decorar el cuarto de “la muchacha” en las telenovelas. No se piensa que el trabajo artesanal, tan extendido en nuestro país, podría tener desarrollos distintos si se le utiliza en la producción de objetos necesarios para la vida cotidiana de las grandes mayorías; parece ser que sólo las elites de buen gusto que buscan distinguirse o los turistas se sienten atraídos por el trabajo artesanal; en términos generales el trabajo artesanal no tiene un reconocimiento social ni como creador de riqueza, ni como marca de diseño, ni como proveedor de productos útiles.

Si repasamos algunas acciones que se han llevado a cabo con el objetivo aparente de fomentar y mejorar la producción artesanal para elevar la calidad de vida de los productores, son pocos los signos positivos que encontraremos. Hay múltiples ejemplos de comerciantes, ávidos de ganancias rápidas que, aprovechando el bajísimo costo de la mano de obra nacional (1) , llegan a los pueblos artesanos con pedidos de escala industrial de objetos casi siempre del peor gusto y promesas (incumplidas) de compras futuras. Hay trabajo de ONGs o de empresarios que van a comunidades artesanas a proponer mejoras a la producción, (a veces de calidad, o de cambio de producto) y a comercializar los productos. Este tipo de trabajo, cuando logra una cierta permanencia y un nivel de ventas que permite una vida digna, ha influído positivamente educando a los artesanos en nuevos métodos de organización del trabajo y de cooperación para la venta. Es el caso de algunas cooperativas de mujeres que producen textiles en Chiapas, Yucatán y en la sierra de Puebla; sin embargo, las mejoras han incidido en una elevación de los precios, con lo que el consumo tradicional se ve afectado al quedar los productos fuera de la capacidad adquisitiva de sus miembros

(1) Los salarios manufactureros que se pagan en México, desde 1985 están por debajo de los que se pagan en los paises maquiladores como Singapur, Hong Kong y Taiwán. Ni qué decir que están lejísimos de los salarios por hora que se pagan en los paises con los que México tiene firmado un Tratado de Libre Comercio. (En Canadá, 17.08; Estados Unidos 16.66, México 3.76 dólares en 1994). Armando Labra, “Economía de Estado, salario del miedo”, La Jornada Laboral, México, D.F., jueves 25 de septiembre de 1997, pp 6-8.

De unos años para acá han surgido grupos de maestros y alumnos de las carreras de diseño de algunas universidades y escuelas (UAM, EDA, UIA) quienes, originalmente invitados por organismos oficiales de promoción artesanal o por Casas de las Artesanías para realizar su servicio social con artesanos, brindan asesoría, generalmente proponiendo nuevos modelos. Con todo y que la propuesta estética es generalmente mejor que la que imponen los comerciantes, los productos están pensados para el gusto del comprador turístico usando el trabajo manual sólo como adorno, (trasladando habilidades como el bordado a ciertas prendas) o incorporándolo en productos modernos (fundas para anteojos en telas o pieles bordadas, pintadas o pirograbadas o portafolios de madera laqueada, produciendo a veces objetos que parecen pertenecer a la familia de Pedro Picapiedra) pero sin innovar realmente los productos en cuanto a la coherencia de forma y función, es decir, sin proponer la producción de objetos artesanales concebidos como respuestas integrales a ciertas necesidades de objetos.

Muy poco se hace para crear y promover el gusto por la producción artesanal del país con exposiciones itinerantes y museos, en los habitantes/consumidores en potencia del país; casi nada se hace en el terreno educativo masivo, salvo algunos programas en la radio y la TV cultural del país de poca penetración. Las tácticas basadas en apostar todo al comercio fallan a mediano y largo plazo porque no se considera el asunto de forma integral. Ni se cuidan las materias primas, ni se conocen los procesos de trabajo y la organización de la producción. No hay estudios, ni métodos de mercadotecnia, ni campañas educativas, ni nada que permita diagnosticar seriamente la dinámica entre las necesidades de productos, con la oferta de mano de obra diestra y calificada y el acceso a consumidores que puedan garantizar ventas crecientes y, sobre todo estables.

¿QUÉ HACER?

Una posibilidad es que se eduquen los gremios de artesanos. Esto puede significar la posibilidad de acceder a una mayor capacitación e información en general, sobre todos los aspectos que atañen a sus oficios, estimulando los cambios que se orienten a garantizar una mejor calidad de vida colaborando en la tarea de dignificación de la artesanía y sus productores con una puesta al día de sus técnicas. El conservadurismo a ultranza, así como la defensa acrítica de la tradición ha resultado perjudicial para muchos artesanos. No es raro en México encontrar a defensores del arte y las artesanías populares que basan sus criterios de calidad en el uso de métodos arcaicos de trabajo que producen desgaste innecesario en los productores. El trabajo artesanal no demerita si en su elaboración intervienen métodos y materiales que faciliten la producción y eviten la esclavitud. Los valores, la estética y la mano creativa tampoco dejan de existir si la organización del trabajo cambia para poder enfrentar con más eficiencia los problemas de la producción.

Pero difícilmente se podrá innovar si no hay una modificación sustancial en la sociedad en el sentido de cambiar los estilos y gustos en el consumo de productos de uso cotidiano en general para provocar cambios en la producción. Y aquí entra lo más difícil: la propuesta de un trabajo conjunto artesanos-diseñadores-empresarios. A mí me gusta imaginar una oferta de productos necesarios –en la cocina, el baño, el comedor, el cuarto infantil, el mobiliario escolar, las oficinas, los hoteles, hospitales, los jardines- que combinen tanto la “mezcla” de la artesanía tradicional en uso, como nuevos productos que estén diseñados con materiales cuya transformación pueda utilizar adelantos técnicos con habilidades artesanales. En un país con una mano de obra diestra no se debería seguir produciendo con una organización del trabajo que deja fuera de la producción a crecientes números de individuos; en un país con carencias materiales como el nuestro, sería deseable ofrecer artículos que mejoren el trabajo doméstico y que tengan, a la vez, buena calidad y precio accesible. Con planeación y, especialmente con imaginación, esta no debería ser una tarea imposible.




Victoria Novelo, mexicana, ex-artesana, doctora en antropología; investigadora nacional. Autora de libros, artículos, videos y exposiciones sobre el tema del trabajo artesanal y la historia del trabajo, los artesanos y el arte popular. Actualmente es investigadora titular del CIESAS comisionada a la Universidad de Colima como directora del Centro Nacional de Capacitación y Diseño Artesanal.
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