LA TRADICIÓN ARTESANAL DE COLIMA
Victoria Novelo

SÍNTESIS

El texto de Victoria Novelo sobre la tradición artesanal de Colima destaca la existencia de al menos tres tradiciones artesanales en la producción histórica y actual de objetos artesanales que tienen su origen en diversas etapas de la sociedad colimense. Describe las especialidades técnicas, el papel que ha jugado un diseñador contemporáneo, la estrecha vinculación de los objetos con la vida cotidiana y la capacidad de los artesanos para adptarse a las necesidades de los consumidores modernos locales. Subraya la importancia de los oficios artesanos en una región de la república mexicana de la que poco se conoce y de la que que nunca se piensa que pueda albergar una producción artesanal que en algunas ramas apenas comienza su circulación turística y sin embargo, ha formado parte de la cultura de esa región.


Parece mentira pero en pleno siglo 21, para la mayoría de los mexicanos comunes y silvestres, Colima es, cuando más, Manzanillo y un volcán. Y si poco se le conoce en sus aspectos de producción, naturaleza, cultura e historia, mucho menos como una región donde es posible rastrear una larga y rica tradición artesanal.

Colima, que se ha construido como estado, como sociedad y como cultura, mestizando a su población nativa con poblaciones migrantes, mexicanas y extranjeras de diversos colores, ocupaciones y capacidades, tiene un especial gusto por los productos de artesanía que han formado parte de su vida cotidiana. De acuerdo a información por el Centro Nacional de Capacitación y Diseño Artesanal (Cencadar), en todos los municipios de Colima existían a fines de 2003, talleres artesanales -formales y domésticos- dedicados, en orden de importancia, a la carpintería, alfarería, cestería y tejidos de fibras vegetales, textiles y bordados, talabartería, herrería y metales, cartonería y papel, objetos de concha y caracol, laudería y pintura, panadería ceremonial, además de los oficios relacionados a la imprenta, la confección de ropa y la construcción.

Con datos de ese registro y los del censo industrial publicado en el año 2000, hay unas 750 personas ocupadas en labores de oficios artesanales en todo el estado de Colima. Estas cifras, si las comparamos con las de estados productores de artesanías como Oaxaca, Yucatán, Chiapas o Guerrero, pueden parecer poco significativas, pero si las leemos en su contexto local, el número de artesanos en Colima no es tan minúsculo. De la población de Colima (algo más de medio millón de personas en el año 2000), el 36.8 por ciento está ocupada y de éstos, un 9.4 por ciento, cerca de 19 mil personas, se dedica a las industrias manufactureras (la cifra nacional es de un 19.02%), las que en un 13.2 por ciento son artesanales. La cifra se vuelve relativamente mas importante cuando descontamos de la población que se dedica a la manufactura, aquella que los censos incluyen trabajando en tortillerías, panaderías y algunas agroindustrias (empaque y envasado de alimentos) y así obtenemos un porcentaje que se acerca a los ocupados en la agricultura y ganadería (casi 17 %) y a los ocupados en el comercio (17.6 %). Pero los números, si bien indicativos, no pueden describir la variedad de dimensiones de la cuestión artesanal de Colima.

Los principales productos manufacturados son loza doméstica, ollas para piñatas y reproducciones de figuras prehispánicas; muebles rústicos y ebanistería fina, así como muebles tallados, máscaras y equipales; faroles, lámparas y muebles de fierro; huaraches, sombreros, cestas, hamacas y escobas; cinturones, sillas de montar; coronas de flores de papel y florería laqueada; vestidos bordados y prendas deshiladas.

En Colima siguen teniendo presencia dos de las más antiguas técnicas artesanales que ha desarrollado la humanidad, el trabajo en barro y el tejido con fibras vegetales, ambos, con una vieja y siempre renovada historia en el occidente mexicano y que en el primer caso se remonta, en sus expresiones locales, colimotas, a fechas tan tempranas como 1,600 a.C. .

Esta antigua tradición de oficios coexiste en Colima con al menos dos tradiciones más, una originada en la Colonia, la otra en la segunda mitad del siglo 20 cuando la escuela inaugurada por Alejandro Rangel Hidalgo, introduce la noción del diseño en algunas producciones de origen colonial para la fabricación de objetos utilitarios y decorativos de lujo que él gustaba llamar "neoartesanías".

La producción alfarera actual y la que reseñan los cronistas desde el siglo 19, no es una evolución a partir de los modelos prehispánicos hallados como ofrendas en los entierros y que poseen una elevada y extraordinaria calidad y belleza hechos en barros de diversos colores, unos decorados con engobes y dibujos geométricos, otros terminados con la técnica del bruñido. Como producción doméstica no ritual, los actuales comales y tinajas para agua son quizá los únicos que pueden alegar su estirpe prehispánica y su continuidad en la historia de los objetos si bien están en franco proceso de extinción. La loza doméstica contemporánea es mas bien un desarrollo de la etapa colonial que ha ido perdiendo calidad y que ha estado a cargo de un número decreciente de "loceros". Sin embargo, una producción moderna, de los años sesenta del siglo 20, retomó la técnica del bruñido y la convirtió en destreza heredada para la elaboración de reproducciones de figuras prehispánicas destinadas al mercado turístico, especialmente de los perros de Colima y otros animales. Con otras aplicaciones, el barro, tiene otro uso contínuo, secular, en la construcción de la vivienda rural con muros de bajareque -estructura de carrizo con lodo llamada pajarete en la terminología local- si bien también existe en la casa urbana donde se presenta en forma de adobe.

El tejido con fibras vegetales -varios tipos de palma, acapan, otate, carrizo- tiene una presencia mas contínua en la vida doméstica colimota con objetos de herencia netamente prehispánica: esteras, equipales, cestos, indumentaria, redes, techumbres, a los que en tiempos coloniales se añadieron los techos tejidos a la usanza filipina, las palapas, así como los capotes de palma para la lluvia conocidos como "chinas" (ya casi extintos) que adquirieron carta de naturalización colimota junto con la palmera de coco desde fines del siglo 16. A estas dos viejas tradiciones de oficios, se une en Colima, una pequeña producción ceremonial de máscaras de madera pintada, con ancestros igualmente lejanos.

Otros tipos de producción artesanal, como la carpintería, la herrería, la huarachería, sombrerería, sastrería, cartonería y papel, hojalatería y talabartería, proceden de la tradición colonial y su producción contemporánea, aunque desigual en cuanto a la fuerza de su presencia, sigue tejida con costumbres rituales y domésticas de los habitantes, sus ocupaciones y las condiciones climáticas.

La que podemos llamar tercera tradición artesanal se inicia en la segunda mitad del siglo veinte (años 60 y 70) e incluye por una parte, la reproducción de piezas en barro bruñido, ya mencionada, y artesanías que no tenían antecedente en Colima o que son desarrollos modernos de un viejo oficio, como los muebles decorados con pinturas al óleo, objetos de concha y caracol, flores de papel laqueado y una línea de herrería artística inspirada en el mobiliario doméstico de las ex haciendas para casas de gente pudiente. En este caso, la tradición moderna nació muy ligada a una búsqueda por incidir en el mercado nacional con objetos decorativos más que como una producción instrumentada desde la cultura local en lo que tuvo que ver el trabajo de diseño de Alejandro Rangel Hidalgo y su equipo de artesanos en "Artesanías Comala", una escuela-taller que mucho influyó en la creación de un cierto gusto y hasta un estilo "rangeliano" en la herrería, la hechura y decoración de muebles y elementos de fachada. Con el crecimiento del turismo, la tradición "moderna" incluye una producción de "curiosidades colimenses", las mas de las veces de mal gusto y baja calidad que usa como materias primas al barro, el coco. la madera y las conchas y caracoles.

En cuanto a las características sociales de los productores, los artesanos son sobre todo urbanos, es decir, no estamos frente a la situación arquetípica de los artesanos mexicanos que se ubican especialmente en el ámbito rural campesino, y muchas veces indígena, de los estados mas pobres del país; la excepción la conforman quienes producen petates, escobas y cestería de otate y el pequeño número de alfareros rurales. Colima ni figura entre los estados pobres de la república, ni tiene una población india importante en términos cuantitativos, si bien sus culturas forman parte viva del patrimonio local y regional a pesar de que las lenguas autóctonas se han perdido.

La caracterización de los artesanos como preponderantemente urbanos (más del 70 por ciento de la muestra de Cencadar), está en estrecha vinculación con el tipo de productos que fabrican y que se destinan a un consumo eminentemente local y de tipo doméstico para satisfacer demandas que tienen que ver con ciertos hábitos culturales.

Muchos oficios artesanos que siguen vivos en Colima tienen orígenes por un lado, en las formas de vida y las ocupaciones requeridas por la organización productiva de las haciendas y por consiguiente en las relaciones campo-ciudad a nivel local y regional, donde los productos y las personas circulaban por caminos de tierra y el transporte estaba a cargo de los arrieros. Los herreros, por ejemplo, además de hacer faroles, rejas, herrajes, llaves y otros productos, hacían y reparaban toda la herramienta que demandaban otros artesanos como los huaracheros o los talabarteros; los cesteros, por su parte, fabricaban el chiquihuite salinero, la canasta coquera y la canasta piscadora para las necesidades de los respectivos productores de sal, recolectores del coco y cosechadores de maíz; los talabarteros hacían sillas de montar, cinturones, fundas para machetes y demás objetos ligados a la arriería y la ganadería. Otras categorías sociales como los rancheros, los campesinos, los hacendados (simultáneamente funcionarios públicos), así como los profesionistas extranjeros y mexicanos que vivían en las ciudades, además de los artesanos mismos, eran los típicos consumidores de la época con necesidades, demandas y gustos diferenciados que se surtían en las tiendas y la pequeña industria de Colima.

De acuerdo con documentación histórica, los artesanos y las pequeñas fábricas nacidas en el siglo 19 y principios del 20 coexistieron y solo en pocos casos sustituyeron la mano de obra artesana; de hecho, los artesanos se integraron en las fábricas textiles haciendo labores de supervisión como trabajadores calificados y expertos que eran. En el lapso que abarcan los recuerdos de los artesanos que en 2004 tenían edades cercanas a los 75 años, desaparecieron de Colima los establecimientos de puros y cigarros, los telares, las platerías, las figuras de chicle, los muebles y cajitas de madera de lináloe y las manufacturas de jabón. Como hipótesis puede decirse, porque referencias precisas no hay, que los tejedores urbanos de tela dejaron de tener razón de existir cuando se abrieron tres fábricas textiles que con algodón sembrado y cosechado en Colima, hilaron y tejieron manta, que dicen las crónicas era de muy buena calidad; sin embargo el tejido en telar de cintura por manos femeninas en pueblos campesinos-indígenas como Ixtlahuacán y Zacualpan continuó hasta la segunda mitad del siglo 20. Por su parte, los torcedores de puros y cigarros quizá decayeron por la competencia de otros estados productores y la aromática madera de lináloe posiblemente se agotó.

El comercio local y regional que competía con producciones locales pudo haber jugado un papel en la decadencia de algunos oficios, eso es claro en el caso de la alfarería jalisciense que hasta la actualidad influye en el decrecimiento de la manufactura de loza doméstica local.

Con la información que aportan los relatos de historiadores, cronistas, viajeros y artesanos junto con algunos documentos de archivo, es posible decir que durante una etapa muy larga de la vida de Colima los artesanos fueron los únicos o los más importantes productores de bienes y servicios a la población (es hasta 1861 que aparecen "operarios" en los censos de ocupaciones de Colima). Si bien sabemos que es aproximadamente entre los años 20 y 40 del siglo 20 que las haciendas declinan como forma dominante de producción económica en Colima, la vida campesina subsiste y con ella costumbres y rituales ligados al ciclo agrícola donde los objetos de artesanía se hacen presentes en danzas, altares y procesiones. Sigue siendo habitual comprar varios productos que hoy día definiríamos como "artesanías" en las tiendas de implementos agrícolas y ferreteros, y en las de abarrotes y misceláneas que venden lo mismo latería, pan, refrescos, gasolina y aceite para coches, que petates, ollas y cazuelas de barro, canastas, cestos, escobas de palmilla, huaraches, sombreros y servilletas para las tortillas. Los consumidores de estas artesanías de Colima no son, todavía, aunque el fenómeno ya se inició, turistas ávidos de llevar recuerdos de su visita; las canastas hechas en la comunidad de El Sauz las siguen usando los campesinos y los salineros, los que barren los parques y jardines, los panaderos y uno que otro admirador de la producción local que usa los objetos artesanales de forma distinta a su intención original, como guardar la ropa sucia en la canasta piscadora.

El consumo de productos de artesanía, si bien ya no se rige en forma dominante por la costumbre medieval del "trabajo por encargo", éste persiste, remitiéndonos a las formas de vida preindustriales de las pequeñas ciudades. La relación personal artesano-cliente no se ha perdido en Colima a pesar de la existencia de grandes almacenes o tiendas de departamentos donde el cliente es un personaje tan anónimo como quien produjo el objeto a comprar.

Hay otras características en el comportamiento artesano que prevalecen y llaman la atención del observador. El orgullo profesional es un atributo generalizado entre los artesanos urbanos que subrayan la calidad de su trabajo cuando lo comparan con la producción industrial, seriada, anónima e idéntica a sí misma. La calidad manual de su trabajo permite, no sólo "acariciar" el objeto una y otra vez, como señaló un carpintero, sino desarrollar las habilidades creativas con lo que es posible modificar y mejorar aun los productos por encargo. La manera de calcular los precios es también de otra época; aunque exista una rudimentaria contabilidad de costos, el precio del trabajo se calcula con base en lo que cuesta mantener a su familia y los gastos del taller. No hay prácticamente ahorro, ni almacenamiento de productos. Los ciclos productivos se suceden uno a otro de acuerdo a la demanda. El aprendizaje del oficio es en casi todos los casos estudiados, una herencia familiar y, según dijo un herrero, hasta podría hablarse de una "cierta disposición genética" para el trabajo. El artesano dueño de un oficio es también el dueño del taller y a su cargo queda la planeación del trabajo y la supervisión de la calidad de acuerdo a su particular subjetividad de lo "bien hecho", así como la vigilancia de la conducta permitida dentro del taller que es un asunto de costumbres más que de reglamentos escritos. Parece difícil comprender la existencia de estos comportamientos de viejo estilo artesano, en una economía de mercado y global como la que domina en México actualmente. Posiblemente la permanencia de estos talleres se deba a la flexibilidad que han podido desarrollar los talleres para adaptarse a los nuevos tiempos, incluso modernizando su herramienta manual y sus modelos que poco a poco han debido cambiar. Pero también juega su parte la cultura que históricamente tiende a cambiar mas lentamente que la organización social. Si durante una larga época de la vida de Colima, el taller de hojalatería se mantuvo produciendo botes para la leche fresca, cazos para hacer chicharrón y carnitas, embudos y todos los objetos que requieren las "cuadrillas" para mantener la tradición de las pastorelas en diciembre, hoy día han añadido a su producción tradicional, el trabajo en acero para producir hornos que mantienen calientes las tortas, campanas para las cocinas integrales, charolas para restaurantes, etcétera. El talabartero, por su parte, cultivando la técnica del piteado en piel, sigue haciendo sillas de montar, ahora solo para los clubes de charros pero además, fabrica estuches para teléfonos móviles. El lenguaje también cambió, ya no se llaman artesanos, son "micro-empresarios". Los tiempos son otros, la calidad de su producción no. En Colima la modernización del país no ha provocado la pérdida de la cotidianeidad de lo artesanal como ha sido el caso de la artesanía urbana de muchas ciudades. En Colima lo artesanal sigue estando vivo y sin artificios. Su continuidad no está exenta de peligros y amenazas, por eso su permanencia radica en la valoración que de ese trabajo destacado siga haciendo la sociedad en su conjunto. Solemos valorar los objetos con criterios de eficiencia, coherencia y calidad; pero en este caso se agrega una valoración cultural que incluye hábitos heredados -la "costumbre", como suele decirse- además de criterios estéticos, de gusto, de autenticidad, incluso de identidad, prácticamente desconocidos.

Posiblemente la permanencia de estos talleres se deba a la flexibilidad que han podido desarrollar los talleres para adaptarse a los nuevos tiempos, incluso modernizando su herramienta manual y sus modelos que poco a poco han debido cambiar. Pero también juega su parte la cultura que históricamente tiende a cambiar mas lentamente que la organización social. Si durante una larga época de la vida de Colima, el taller de hojalatería se mantuvo produciendo botes para la leche fresca, cazos para hacer chicharrón y carnitas, embudos y todos los objetos que requieren las "cuadrillas" para mantener la tradición de las pastorelas en diciembre, hoy día han añadido a su producción tradicional, el trabajo en acero para producir hornos que mantienen calientes las tortas, campanas para las cocinas integrales, charolas para restaurantes, etcétera. El talabartero, por su parte, cultivando la técnica del piteado en piel, sigue haciendo sillas de montar, ahora solo para los clubes de charros pero además, fabrica estuches para teléfonos móviles.

El lenguaje también cambió, ya no se llaman artesanos, son "micro-empresarios". Los tiempos son otros, la calidad de su producción no. En Colima la modernización del país no ha provocado la pérdida de la cotidianeidad de lo artesanal como ha sido el caso de la artesanía urbana de muchas ciudades. En Colima lo artesanal sigue estando vivo y sin artificios. Su continuidad no está exenta de peligros y amenazas, por eso su permanencia radica en la valoración que de ese trabajo destacado siga haciendo la sociedad en su conjunto. Solemos valorar los objetos con criterios de eficiencia, coherencia y calidad; pero en este caso se agrega una valoración cultural que incluye hábitos heredados -la "costumbre", como suele decirse- además de criterios estéticos, de gusto, de autenticidad, incluso de identidad, prácticamente desconocidos.


Victoria Novelo es mexicana, antropóloga social, doctora en antropología, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y alguna vez artesana. En sus treinta años de vida profesional se ha dedicado a la investigación de cuestiones de procesos de trabajo y cultura en los medios artesanal y obrero. Su obra pionera Artesanías y Capitalismo en México (1976) sigue vigente como propuesta de investigación y referencia obligada; a ella le han seguido unos 40 títulos más entre monografías, ensayos y artículos de sus temas predilectos y también sobre culturas populares, metodología, difusión de la cultura y video documental. Es investigadora titular del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y su más reciente puesto fue como directora del Centro Nacional de Capacitación y Diseño Artesanal en Colima durante cinco años y medio.

Contacto: noveloppen@hotmail.com